Mirar más y hablar menos

El impulso de escribir se origina muchas veces por un extraño picor, unas ganas de escribir como alguien ya ha escrito. Los que disfrutamos inventando historias reconocemos esa sensación de «eso lo podría escribir yo», y es justo eso lo que te empuja a intentarlo. Al principio, como ocurre en muchas otras actividades, imitamos a los autores que hacen que sintamos ese clic interior cuando un texto nos cuadra, cuando funciona para nosotros. Y es eso lo que empieza determinando la forma y el estilo de lo que uno escribe. El caso extremo de esto son los fanfics, donde alguien que está fascinado por determinado universo inventado y por sus personajes siente la necesidad de escribir dentro de ese mundo. Alguien que escribe nuevas aventuras de McGyver, por poner un ejemplo, porque lo que ya ha visto le sabe a poco.

Los escritores más veteranos te cuentan entonces que eso no es malo, que con la práctica acabarás encontrando tu propio estilo, tu propia voz, y en el proceso aprenderás los mecanismos más prácticos de la escritura.

Y no sé si estoy del todo de acuerdo con eso de la voz. En principio, lo que llamamos voz indica cómo cuenta uno lo que cuenta, el continente, la forma, el material con el que vamos construyendo la representación de las ideas que queremos formar en las cabezas de los lectores. Algo muy mecánico, me temo. La gramática correcta se aprende, la ortografía se mejora, el estilo se pule. Acaba por ser como montar en bicicleta. Esas revisiones y pulidos se hacen cada vez más cortos, porque uno empieza a anticipar las correcciones que serían necesarias y las hace casi sobre la marcha.

Pero no es la voz lo que resulta ser algo totalmente personal. No es cómo se habla, sino qué se mira y cómo se hace. La mirada.

Vamos a suponer que nos imaginamos una escena determinada, algo que nos apetece contar. Nuestra propia mirada es la que nos hace detenernos en determinados detalles, de ponernos en la piel de cierto personaje, de pararnos un momento a describir ese detalle tan sutil que hace que nuestro texto sea nuestro. Estoy convencido de que ahí reside la clave que hace que reconozcamos sin ninguna duda un texto de Cortázar o un relato de Borges.

Intentaré poner algún ejemplo, pero la situación es similar a esos anuncios en los que se nos presenta un nuevo modelo de televisión: se nos muestra la estupenda calidad de imagen, pero a través de nuestro propio televisor. Es decir, mi propia mirada estará presente en los siguientes ejemplos, aunque intente disfrazarla para ilustrar lo que aquí intento explicar. De todos modos, los mejores ejemplos suelen ser los más exagerados, así que contad con un poquito de histrionismo literario. Nunca hace daño.

Imaginemos una escena simple: un niño quiere pedir permiso a su madre para quedarse esa noche a dormir en casa de un amigo, pero no se atreve. Esta escena, descrita con una mirada directa, casi neutra, podría ser algo así:

Darío se sentó en el sofá al lado de su madre. Ella miraba la televisión con aire distraído, apretando algún botón del mando a distancia de cuando en cuando. Él la miró, abrió la boca, la volvió a cerrar. Tragó saliva. Su madre se removió en el asiento.

Vamos a añadirle una voz más definida, a ver qué pasa.

Dario entra en el salón. Se sienta en el sofá burdeos al lado de una mujer seria, con marcas oscuras debajo de los ojos, que pulsa una y otra vez los botones del mando a distancia. Es su madre. Él la mira, y ella mira al televisor. Darío abre la boca, toma aire y las palabras se le atascan en la parte alta del pecho. Cierra la boca. Su madre se remueve en el asiento y él traga saliva.

Recuperemos la versión más neutra y probemos a añadirle una mirada algo más personal.

Darío se asomó a la puerta del salón. Su madre estaba sentada en el sofá. La polipiel del tapizado crujía cada vez que ella se removía, con un sonido como de siesta flotando en el aire. Ella pulsaba los botones del mando a distancia de una manera extraña, rítmica y como automática. Darío se sentó a su lado, sintiendo en la tripa un temblor casi eléctrico. Desde el televisor, trozos de palabras, fragmentos de músicas, señores con corbata que se quedaban a media frase. Darío abrió la boca, pero sintió que se quedaba sin palabras, como si su madre le hubiese cambiado de canal a él también. Una mosca se le paró en la rodilla. Ya se lo habrías dicho si hubieses empezado, pensó Darío. Tragó saliva y sintió como si una bola de cuerda se le hubiese atascado a la altura del estómago. Casi que ni lo intento, se dijo mientras suspiraba.

Decidir qué mirar, con qué intensidad, desde dónde. Creo que en eso consiste desarrollar un estilo propio. Precisamente por eso, en lugar de referirme a la voz, prefiero hablar de mirada. Las herramientas necesarias para contar lo que tú ves están en las estanterías, esperando a que te las lleves. Son gratis, son fáciles de usar y son, fundamentalmente, procesos que acaban por hacerse mecánicos.

Cuando un texto te transporta, te desconecta de lo que tienes alrededor, te fascina, bien podría ser porque esa mirada que el autor ha plasmado sobre el papel sea la que mejor nos cuadra. La mirada que nos muestra la realidad desde el punto de vista justo y con la lupa y la dirección apropiadas.

Por eso, y por mi parte, más que encontrar una voz sigo intentando aprender a mirar. Encontrar la mirada manchega, por decirlo así.

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