Literatura usable

Tengo una debilidad especial por las abstracciones. Debe ser que mi cabeza no está tan hueca como parece. Seguro que está llena de helio. Así, en cuanto intento profundizar sobre un tema determinado, acabo subiendo en el nivel de conceptualización, pasito a paso, hasta que me encuentro pensando en cómo pienso sobre lo que creo que es pensar sobre ese tema.

Todo esto viene a que me apetece escribir sobre cómo escribimos. O sobre cómo escribo, para ser más exactos. Metaescritura, si lo preferís. Lo que describo aquí es el proceso que yo sigo, y no se me ocurriría sugerir, ni en broma, que es el mejor proceso a seguir, que es el correcto o que es así como hay que hacer las cosas. Simplemente, a mí me funciona y me permite obtener un texto con el que no estoy del todo desconforme. Eso ya es mucho.

El proceso de escritura de un cuento comprende dos fases: la creación y la revisión. En la creación, uno echa a patadas al crítico que llevamos dentro, lo manda a por pipas, lo encierra en el baño. Así, te puedes sentar a escribir sin preocuparte lo más mínimo por qué va a salir. Agarras una frase con las dos manos, la escribes letra a letra y sigues construyendo a partir de ahí. Como decía Raymond Carver, «una línea, y luego la siguiente y la siguiente».

Cuando escribes el punto final y ha pasado el rapto de inspiración, es el momento de llamar al crítico, abrir la puerta del baño, ponerle una silla a nuestro lado. Ahora es él el que tiene que hacer el trabajo duro.

Pulir las frases, escoger sinónimos, evitar repeticiones, reordenar párrafos, asegurarse de que todo más o menos encaje y que el texto en conjunto tenga un sentido. No es necesario que sea obvio, pero sí que tenga un sentido.

Y es al pensar en este proceso de revisión cuando me doy cuenta de que esto tiene mucho que ver con la usabilidad.

Lo primero es acordar qué es eso tan intangible que llamamos usabilidad. Una visita rápida a Alzado.org nos ofrece la siguiente definición:

(ISO/IEC 9241) «Usabilidad es la efectividad, eficiencia y satisfacción con la que un producto permite alcanzar objetivos específicos a usuarios específicos en un contexto de uso específico.» […]

A ver quién se atreve a negar que los comités no tienen una prosa interesante. Quedémonos con tres términos de esta definición: efectividad, eficiencia y satisfacción. Vamos a aplicarlos a la escritura, a ver qué ocurre.

Para que un texto sea efectivo ha de contar lo que el autor quería contar. Cuanto más efectivo, más exacta será la correspondencia de la idea inicial en nuestra cabeza con la idea final que formaremos en la cabeza del lector mediante el texto.

Stephen King habla de esta magia en «Mientras escribo» y no le falta razón. Telepatía, transmisión de pensamiento con independencia de barreras de espacio y de tiempo. Por ejemplo, escribo:

Un chimpancé con una gorra de beisbol roja permanecía a horcajadas sobre el caballo.

Y la idea se ha transferido desde mi cabeza a la tuya. Sin más artificios que unas cuantas letras puestas en un determinado orden. Si lo piensa uno despacio, impresiona. Pero me estoy yendo del tema. Hablaba sobre la efectividad. Que el texto cuente lo que quiere contar, y de la forma más inequívoca precisa. Vale, apuntamos eso.

El segundo término es eficiencia. Contarlo con la mayor economía de medios. Esto es cuestión de gustos, obviamente. Hay quien prefiere que el texto dé rodeos, que se recree en caminos circulares, vericuetos, descripciones largas y disquisiciones filosóficas. Si hablamos de cuentos y relatos, yo prefiero que vayan al grano, que me cuenten lo que me quieren contar mediante un proceso de destilado que deja el material imprescindible, con una densidad de ideas por palabra lo más alta posible. También anotamos esto.

El tercer y último término es la satisfacción. Que lo que escribes guste. Eso depende del qué, más que del cómo. Vamos a dar por hecho que tenemos la facilidad para contar cosas que interesan y que gustan. Y como damos por hecho que somos unos genios, sobra cualquier otra explicación. Pero lo anotamos también.

¿Cómo podemos conseguir estos tres objetivos con nuestro texto? Permitiendo que exista un flujo de ideas constante desde el principio hasta el final. Da igual si es un fluir rápido o lento, pero tenemos que intentar que sea constante. Sólo de este modo podremos mantener la suspensión de la incredulidad imprescindible para que el texto funcione.

Hay cosas que interrumpen este flujo. Las repeticiones, las cacofonías, las faltas de ortografía. Sí, hablo en serio. Para escribir de forma efectiva hay que evitar las faltas de ortografía. Voy a hacer de castor y a intentar poner diques en unos cuantos ejemplos:

Marisa abrió la ventana y descorrió las cortinas. En la calle hacía un sol suave, que entraba por la ventana. Marisa decidió que daría un paseo hasta el mercado, así que cerró las cortinas y salió a la calle.

Un clásico, que se lo escuché a Enrique Páez en una de sus clases:

Asunción entró en la habitación para ponerle una inyección a don Ramón.

O un ejemplo de tapón final:

Y entonces lo vio. Estaba en el rincón del fondo, al lado de Irene. La estaba besando. Ella sintió una sacudida violenta que le venía de dentro, y un fundirse y un deshacerse como si el alma se le estuviera licuando y bertiéndose sobre el suelo de gres.

Otros diques pueden ser el mismo orden de las frases, el uso indiscriminado de la voz pasiva, las subordinadas o el estilo indirecto. O las atribuciones del discurso: saber quién dijo qué. Estas cosas son como las especias; dan el toque necesario, pero como se te vaya la mano acabas comiendo en el Burger King:

Sabiéndolo Ignacio no pudo por menos que, una vez hablado y discutido con Esteban, decidir que el contrato sería firmado antes de junio. Él dijo que si no había más remedio así lo harían y que preferiría que el contrato fuera revisado por su abogado, que dijo que por él encantado.

En este último ejemplo podemos ver también que en ocasiones obligamos al lector a hacer paréntesis mentales para entender la frase. Como explica Pinker en El instinto del lenguaje, esto obliga a hacer un esfuerzo para mantener los subsintagmas en ciertas cajitas mentales mientras la frase principal avanza y podemos encajar esas piezas pendientes.

Así que pongamos las cosas fáciles para nuestros lectores. Escribamos frases lo más directas posible, lo más efectivas, eficientes y satisfactorias que podamos. Hay que intentar deshacerse de los troncos y las piedras que interrumpen el flujo de ideas.

Ahora que me fijo, esto de que circulen bien viento y agua tiene bastante que ver con el Feng Shui, del que hablaba hace tiempo en relación con el diseño web. Al final, va a resultar cierto eso de que todo está interconectado. O dicho con más coña, como lo decía un buen amigo: «all in box».

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