Los niños de la estación

27 de junio de 2010 • Sin comentarios

Anoche vi un documental sobre un numerosísimo grupo de niños rusos que sobreviven en las calles de Moscú, muchos de ellos refugiándose del frío y pidiendo unas monedas en la estación de Leningradsky. Se titula, de manera bastante obvia, «Los niños de la estación de Leningradsky».

Los niños de la estación de Leningradsky
El documental lo emitió la 2 hará unos cinco años en su programa Documentos TV, y es durísimo, como era de esperar. En él se muestra cómo estos niños sobreviven comiendo los donuts y las barras de chocolate que compran con las monedas que les da la gente, o cómo duermen acurrucados entre las tuberías de la calefacción, cómo dedican su tiempo a beber vodka, a aspirar vapores de pegamento, a pelear entre ellos, a cantar canciones inventadas, a abrazarse entre sí cuando lo necesitan.

Hay momentos que te encogen el alma, como cuando uno de los niños le pregunta al cámara si quiere escuchar una canción que ha inventado y que habla de su madre. El niño la canta con voz de borracho y los subtítulos traducen esa voz rota mientras la cámara se centra en sus ojos.

El momento más descarnado de todos ellos, en términos objetivos, quizá debería ser el que cierra el documental. Una de las niñas que hemos ido conociendo durante el reportaje muere después de respirar demasiado vapor de pegamento. Las imágenes enseñan sin ningún tapujo el momento en que los servicios de emergencia recogen el cuerpo, o cuando los de la funeraria lavan esa pequeña muñeca de cera, o el mismo velatorio alrededor de un pequeño ataúd barato. En el velatorio están presentes los padres de la niña, normalmente demasiado borrachos de vodka para importarles dónde está ella, pero que viendo el cuerpo inerte lloran con cierto desconsuelo. También está allí uno de los niños de la estación, medio noviete de la niña muerta. Él llora, aulla su nombre a la vista del cadáver. Como digo, este es, objetivamente, el momento más duro. Pero no fue el que más fuerte me atizó. Estuve con las lágrimas asomadas a la ventana durante toda la segunda mitad del documental, pero hubo un punto en el que no las pude contener, y fue durante la escena de reparto de ropa.

I love you
Cada cierto tiempo, algunas personas se acercan a la estación de Leningradsky con fardos de ropa vieja, con la intención de que los niños se prueben lo que puedan y se queden con lo que les vaya bien. Tengo la impresión de que si no fuese por gestos como este, mucho de esos niños no sobrevivirían ni siquiera hasta los quince años, que según la narración es la edad máxima que la mayoría de ellos consigue alcanzar.

En esta escena aparece un niño de unos siete años, con el pelo tan rubio como sucio y la cara cubierta de churretes. Está sentado en el suelo probándose unos pantalones de chándal, mientras trata de proteger en su regazo un jersey que ha tenido la suerte de pescar. Probablemente su intención es ponérselo una vez tenga puestos los pantalones. Uno de los otros niños aparece súbitamente y le arrebata el jersey. Él trata de incorporarse con los pantalones aún a medio poner. Trastabilla. Trata de seguir al ladrón. Da un par de pasos y parece dar por perdido el jersey, de manera que se vuelve a sentar en el suelo para terminar de introducir las piernas en los pantalones. Se escucha una voz adulta y los subtítulos nos traducen del ruso: «Déjalo en paz». Probablemente se trate de una de esas personas que les llevan la ropa. Una mano, también adulta, entra en cuadro sujetando el jersey. Se lo da al niño rubio. Él lo agarra con rapidez y lo coloca de nuevo en su regazo. Trata de seguir peleando con los pantalones, pero se detiene, como si una idea sorprendente le hubiese golpeado en el colodrillo. Agarra con fuerza el jersey, se abraza las rodillas y hunde la cara entre los brazos. Está llorando. De vez en cuando levanta la mirada para vigilar que nadie se le acerque de nuevo. Llora en silencio.

El punto clave es que el niño rubio se echa a llorar precisamente cuando ha recuperado el jersey, no cuando se lo arrebatan. Para él, la normalidad consiste en que te roben, en que venga alguien más fuerte que tú, con un par de años más, y te quite el jersey que te acaban de dar, o te arrebate el cochecito que has conseguido comprarte con los cuatrocientos rublos que has ido ahorrando de las limosnas de la gente. Eso es lo normal. No hay nada por lo que llorar.

Pero el niño rubio llora cuando alguien restablece algo de justicia, cuando le devuelven ese jersey desgastado y limpio, quizá porque en ese preciso momento le da por pensar en que él no debería estar ahí, que no debería vivir así. Eso es justo lo que sus ojos cuentan cada vez que levanta la mirada de sus propias rodillas, mientras llora en silencio con las lágrimas y el moco líquido chorreando por su cara.

Con su perro
Os podéis preguntar por qué cuento todo esto precisamente aquí, en este blog. Es bastante sencillo de entender. Cuando terminé de ver el documental me pregunté por qué había sido esa escena, precisamente, la que más me había conmovido, teniendo en cuenta que durante el reportaje aparecen otras mucho más terribles. Y creo que la conclusión a que llegué es válida: el hecho de que el rubiete llore cuando recupera la prenda, y no cuando se la quitan, es lo que lo hace humano, es lo que hace que yo pueda entender una pequeña chispa de lo que significa vivir desde los cinco o seis años en una estación de tren sin nadie que cuide de ti. Su extraña reacción me hace entender cómo es su vida, de una manera mucho más eficiente que si el director del documental se hubiese dedicado a preguntar a los chavales y a registrar sus respuestas.

La lección en cuanto a escritura es que hay que huir de lo obvio. Lo más seguro es que si yo escribiese una escena de un niño vagabundo al que le roban la ropa, el niño se echaría a llorar en el momento del robo. Mis prejuicios sobre el funcionamiento mental de un niño de esa edad me dictarían eso mismo. Pero si tratase de entender qué significa para un niño de tan corta edad sobrevivir por sus propios medios, quizá llegaría a la conclusión que vi en el documental: lo que le hace derrumbarse no es la dureza de la vida que lleva, sino que ocurra algo que lo descoloque por un instante y le haga pensar en una madre, una caricia, algo de justicia, comida caliente y una cama limpia.

Si tenéis ocasión de ver el reportaje, hacedlo. Será duro, pero os dará mucho en que pensar.


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