Cuando tengas dudas sobre si una técnica de escritura te serviría o no, prueba a aplicarla llevada al extremo. Si no tienes claro si los esquemas previos a la escritura te serían útiles, prueba este sistema de esquemas por fases: una lista de párrafos, uno por cada 200 palabras del manuscrito final o así. Esta técnica confirma mi idea de que no hay división real entre plotters y pantsers: la única diferencia está en el nivel de detalle alcanzado en el primer borrador.
La editorial SM inauguró a mediados de junio una nueva página web con todo su catálogo editorial: literaturainfantilyjuvenilsm.es. Para mí ha sido una suerte, y me explico.
Desde hace meses tenía en mente hacer una recopilación de información sobre libros de literatura infantil y juvenil, entre otras cosas para contar con datos fiables sobre la extensión habitual de las obras de LIJ. La opción obvia era utilizar el catálogo online de SM, pues las colecciones Barco de vapor, Gran Angular, Alerta Roja, etc. conforman una muestra perfecta de la literatura infantil y juvenil en español que se publica actualmente.
Por desgracia, tuve que desistir en mi intento, ya que el catálogo de SM, hasta hace poco, era básicamente innavegable. De jugar a hacer data scrapping para destilar la información y transformarla a un formato tratable, ni hablamos. De manera que me conformé con echar un vistazo a las extensiones de un puñado de libros y sacar las conclusiones oportunas sobre las extensiones aproximadas según edad.
Por eso me he llevado un alegrón al descubrir literaturainfantilyjuvenilsm.es. A pesar de que aparte de la versión navegable no se ofrezca la información en un formato masticable, ha sido relativamente fácil crear un pequeño script para procesar las páginas web del catálogo y generar un fichero CSV, que OpenOffice Calc abre sin problemas. Una vez conseguido esto, el análisis estadístico ha sido sencillísimo.
Como imágenes adjuntas a este artículo presento dos de las gráficas que he obtenido como resultado (haz clic en ellas para verlas ampliadas).
Hay algunos errores en la información ofrecida en el catálogo, como es el caso de algunos libros que aparecen en múltiples colecciones, o algunas fichas de libros que no contienen el nombre de su autor, pero un primer filtrado limpió los datos sin problemas.
Además de la información sobre extensión y horquillas de edades, la hoja de cálculo que he obtenido contiene los datos de autor, ISBN, precio, colección, e incluso el texto de la sinopsis. Leyendo estos resúmenes he conseguido hacerme una idea bastante clara de qué tipo de historia ha venido publicando SM en los últimos años.
Gracias, SM, por ofrecer toda esta información de forma centralizada, aunque haya tenido que entrar por la puerta de atrás para conseguirla en un formato digerible y procesable (una de las ventajas de ser programador, oye).
Anoche vi un documental sobre un numerosísimo grupo de niños rusos que sobreviven en las calles de Moscú, muchos de ellos refugiándose del frío y pidiendo unas monedas en la estación de Leningradsky. Se titula, de manera bastante obvia, «Los niños de la estación de Leningradsky».
El documental lo emitió la 2 hará unos cinco años en su programa
Documentos TV, y es durísimo, como era de esperar. En él se muestra cómo estos niños sobreviven comiendo los donuts y las barras de chocolate que compran con las monedas que les da la gente, o cómo duermen acurrucados entre las tuberías de la calefacción, cómo dedican su tiempo a beber vodka, a aspirar vapores de pegamento, a pelear entre ellos, a cantar canciones inventadas, a abrazarse entre sí cuando lo necesitan.
Hay momentos que te encogen el alma, como cuando uno de los niños le pregunta al cámara si quiere escuchar una canción que ha inventado y que habla de su madre. El niño la canta con voz de borracho y los subtítulos traducen esa voz rota mientras la cámara se centra en sus ojos.
El momento más descarnado de todos ellos, en términos objetivos, quizá debería ser el que cierra el documental. Una de las niñas que hemos ido conociendo durante el reportaje muere después de respirar demasiado vapor de pegamento. Las imágenes enseñan sin ningún tapujo el momento en que los servicios de emergencia recogen el cuerpo, o cuando los de la funeraria lavan esa pequeña muñeca de cera, o el mismo velatorio alrededor de un pequeño ataúd barato. En el velatorio están presentes los padres de la niña, normalmente demasiado borrachos de vodka para importarles dónde está ella, pero que viendo el cuerpo inerte lloran con cierto desconsuelo. También está allí uno de los niños de la estación, medio noviete de la niña muerta. Él llora, aulla su nombre a la vista del cadáver. Como digo, este es, objetivamente, el momento más duro. Pero no fue el que más fuerte me atizó. Estuve con las lágrimas asomadas a la ventana durante toda la segunda mitad del documental, pero hubo un punto en el que no las pude contener, y fue durante la escena de reparto de ropa.
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Estos días hay mucha gente que se va de vacaciones, y mucha, también, que vuelve de ellas. Es inevitable que en las conversaciones sobre esa vuelta salga el tema del estrés post-vacacional. Y a eso yo respondo como Scrooge: paparruchas.
El síndrome de estrés post-vacacional se define como los cuadros de ansiedad y depresión provocados por la vuelta al trabajo después de las vacaciones. Con un par. Es decir: después de diez o doce días sin madrugar, y sin hacer más esfuerzo que el breve trayecto entre el chiringuito y la toalla, el que vuelve a levantarse a las seis para ir al trabajo siente ansiedad y depresión por culpa de un síndrome. Olé la ciencia. Ya son ganas de etiquetar.
En otra ocasión hablaré de qué es el DSM-IV, cómo se creó y cómo se actualiza. Como avance, quédate con la idea de que en una de las últimas reuniones para su revisión se votó (sí, como suena) si las dificultades de relación entre madre e hija eran o no un trastorno mental. Pero dejaré este tema para otro artículo y para otro blog.
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